La masacre de Pozzetto

Publicado en Psicología y Psiquiatría

La masacre de Pozzetto

“Mi nombre es Legión”

“—Hemos perdido a Dios —sentenció el sacerdote.
—Lo que más me angustia es que últimamente tengo ideas raras, imágenes que me atormentan, que me persiguen a todas partes.
—¿Ideas como de qué?
—De crímenes, de asesinatos, padre.
—¿Cómo? —dijo él abriendo los ojos y arrugando la frente.
—Veo cadáveres, cuerpos sangrando, víctimas suplicando, quejándose y arrastrándose por el piso.
—¿Y qué sientes cuando tienes esas visiones?
—Ganas de rematarlos, padre, porque yo soy el asesino, yo soy el que los hiere y los extermina”.

Mario Mendoza. Satanás


Campo Elías Delgado Moreno nació el 24 de junio de 1934 en Chinácota, Colombia. Su padre se suicidó cuando él tenía seis años. Cuando era niño, un vecino tenía un loro en su casa. A él no le gustaba ese animal. Se ingenió la manera de meterle, poco a poco, alfileres para matarlo. Llegó un día en que el loro no podía caminar. Lo revisaron y estaba lleno de alfileres; el loro murió poco después, entre atroces dolores. Campo Elías estudió medicina y luego se enlistó para la guerra de Vietnam en 1970, en donde estuvo presente en dos oportunidades, la segunda de voluntario. Fue Boina Verde y parte del cuerpo de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos. Viajó en misiones especiales a Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá y España. Luego de retirarse se refugió en las calles de Nueva York. Allí intentaron atracarlo, por lo que decidió regresar a Bogotá, en donde recibía mensualmente su pensión en dólares, aunque dejó de llegar inexplicablemente a su apartado aéreo y, curiosamente, tampoco la siguió reclamando.

 

 

Campo Elías era un hombre de estatura mediana. A sus 52 años, tenía un paso firme y rápido. Su madre era una persona de presencia pulcra y sencilla. Tras su experiencia en la guerra, Campo Elías se volvió antisocial y amargado. Era incapaz de desarrollar relaciones o amistades con otras personas y culpaba a su madre por esto. Con los años el resentimiento contra su madre creció. Su sueño era ser reconocido como un gran escritor. Pero sobrevivía dando clases privadas de inglés y cursaba estudios superiores en la Universidad Javeriana de Bogotá. Uno de los rasgos sobresalientes de su personalidad era un desmedido afán por el orden y la pulcritud. En el Centro de Estudios Profesionales, donde meses antes de la masacre aprendió programación y manejo de computadores, lo recuerdan por su puntualidad a toda prueba y su obsesión limpieza, que lo llevaba, casi ritualmente, a retocar con su pañuelo todas las mañanas la pantalla y el teclado del computador y a lavar con sumo cuidado sus manos después de terminada la práctica. Desarrollaba además la puntualidad de manera obsesiva y la rectitud sin tacha en el manejo del dinero. Nunca se atrasaba en sus pagos y cumplía siempre con los términos en los negocios que realizaba.

En su vida social era un caballero sin tacha. Serio, metódico y reputado como inteligente, terminó sin problemas sus estudios secundarios, diciéndose de él que era un alumno ejemplar, de buenas costumbres y destacado como uno de los mejores del establecimiento. Era un fanático del aseo personal. Después de ducharse, no se secaba el cuerpo con toalla sino con papel higiénico, para que la operación fuera más aséptica, rehusando además compartir el baño con su madre, única persona con la que convivía, y quien se veía por tal motivo obligada a utilizar el baño de servicio. A veces golpeaba a su madre a causa de los ataques de ira que sufría.

 

No bebía ni fumaba, andaba siempre pulcramente vestido aunque en mangas de camisa y sus zapatos permanecían bien lustrados y relucientes. Cuando alguno de sus compañeros le preguntó, en una ocasión, por qué salía a la calle tan desabrigado, sin importarle el frío bogotano, Campo Elías se limitó a responderle: “Porque tengo el corazón caliente”. Campo Elías Delgado era celoso con su vida íntima. Durante año y medio que mantuvo amistad con Jaime Paz, su profesor de computación, jamás habló de su vida personal ni se interesó tampoco por la de éste. La comunicación se limitó casi siempre a tareas funcionales que tenían que ver con su oficio en común. Lo llamaba, por lo general de madrugada, para consultarle problemas atinentes a programas que intentaba construir y cuando lograba superar el obstáculo, llegaba a primera hora al centro de estudios a compartir con el profesor su éxito. Nunca, sin embargo, una palabra sobre su madre; nunca relatos sobre su pasado.

 

Alrededor del departamento donde convivía con su madre había tendido una espesa cortina de humo. A nadie daba el teléfono ni la dirección exacta. Cuando se refería a su madre la llamaba “esa señora”, dando la imagen de una anciana brutal y controladora que seguía sus pasos y quería conocer hasta el menor detalle de sus relaciones amistosas. Campo Elías estaba enamorado de una de sus estudiantes de inglés, una jovencita de quince años llamada Claudia Rincón Becerra, hija de una mujer llamada Nora Becerra de Rincón. A Claudia le obsequió un ejemplar del libro El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, la novela de Robert Louis Stevenson. Claudia leyó el volumen y se enamoró de la trama. Campo Elías siempre le decía que en una misma persona convivían dos personalidades muy diferentes. Incluso, estaba escribiendo un ensayo sobre esta obra.

 

El miércoles 3 de diciembre, Campo Elías se encontró con un amigo de la Facultad de Literatura: el escritor colombiano Mario Mendoza. En una entrevista concedida tiempo después, Mendoza recordaría:

“A finales de 1986, yo era un estudiante de Letras que estaba terminando su tesis de grado en una Universidad de Bogotá. Un profesor me envió a un sujeto que pasaba ya de los cuarenta años de edad y que estaba interesado en el tema de los dobles, es decir, en aquellos famosos personajes literarios (William Wilson, Henry Jekyll) cuya personalidad se quiebra y se fragmenta hasta el punto de obligarlos a vivir dos vidas contrapuestas en dos individuos diferentes. El hombre en cuestión se llamaba Campo Elías Delgado y estaba matriculado en la Facultad de Educación.

 

“Simpatizamos rápidamente y compartimos el material bibliográfico que yo había recogido para mi monografía. Campo Elías era un lector voraz, agudo, y me di cuenta enseguida de que era un solitario amargado, cuyo único aliciente en la vida era el silencioso placer de la lectura. El último día en que nos vimos nos tomamos un café y discutimos sobre Egaeus, aquel personaje de Poe que termina arrancándole los dientes a su amada en un lóbrego cementerio nocturno…”

 

Después de eso, Campo Elías fue a las oficinas del Banco de Bogotá para cerrar la cuenta de número 4352354 que tenía allí; su saldo era de $49.896.93. El cajero intento redondear la cifra, pero Campo Elías no estaba de acuerdo. Se quejó y exigió hasta que recibió los centavos completos, para quedar sin deberle al banco y sin que el banco le debiera nada a él; era un problema, pues las monedas de centavo ya estaban fuera de circulación. Esa misma tarde, Campo Elías adquirió aproximadamente quinientos proyectiles para un revolver calibre .32 largo. Sus problemas personales, el rechazo que había sentido por parte de las mujeres, su distanciamiento con la madre y el resentimiento social, explotarían en una incontrolable ola de violencia. Esa noche, tras regresar al departamento donde vivía con su madre, Rita Elisa Morales de Delgado, inició una discusión con ella. Luego empezó a golpearla, tomó un cuchillo y le dio varias puñaladas, hasta que la mató.

Al otro día, el jueves 4 de diciembre, igual que otros asesinos en masa, se dio un duchazo y se vistió con ropa limpia. Guardó en su maletín el revólver y las municiones, y se fue a buscar a un amigo con el que jugaba ajedrez, pero no lo encontró. Fue luego a visitar a Nora Becerra de Rincón y a su hija Claudia. Sin que esta última se diera cuenta, Campo Elías amordazó y amarró a la mujer, intentando abusar sexualmente de ella. Después tomó un cuchillo y la asesinó en la sala de la casa, dándole cuatro puñaladas. Luego se dirigió a la recámara; Claudia estaba estudiando. Campo Elías la abordó, hablaron de nuevo sobre Jekyll y Hyde, y después la obligó a tenderse sobre la cama; la amarró de pies y manos y la amordazó. Se puso sobre ella, la besó en la boca en repetidas ocasiones y después comenzó a apuñalarla; le dio veintidós puñaladas antes de que la chica muriera. Tomó el ejemplar del libro de Stevenson y se lo llevó consigo. Claudia tenía un hermano de once años llamado Julio Eduardo, quien no estaba cuando los asesinatos ocurrieron. Fue el primero que se dio cuenta de lo que había pasado con su mamá y con su hermana cuando entro a la mañana siguiente al departamento.

A las 16:00 horas regresó a casa; envolvió el cadáver de su madre en papel periódico y la roció con gasolina, prendiéndole fuego. Con el pretexto de llamar a los bomberos, hizo que le abrieran la puerta dos vecinas, que respondían a los nombres de Inés Gordi Galat y Nelsy Patricia Cortez, y vivían en el departamento 301; también las mató de un disparo en la cabeza. Fue entonces al departamento 302, donde vivía Gloria Isabel Agudelo León, mujer de cincuenta años con quien Campo Elías siempre tuvo problemas. Ella salió a averiguar lo que sucedía y esto le costó la vida.

Después de esto bajo al apartamento 101, donde Matilde Rocío González y Mercedes Gamboa le abrieron la puerta. Las chicas estaban estudiando, pero lo dejaron entrar para que llamara a los bomberos. También les disparó en la cabeza. En ese mismo lugar, Campo Elías hirió a otra estudiante, quien murió después, cuando era atendida en el hospital San José. Salió luego del edificio por última vez y se quedó diez minutos observando un cartel que hablaba sobre una obra de Federico García Lorca: Bodas de Sangre. Mientras estaba allí, se cruzó con él Blanca Agudelo de González, una vecina. Otra vecina, Berta Gómez, vivía con las estudiantes asesinadas y logró salvarse porque saltó hacia el patio interior de apartamento al escuchar las detonaciones, saliendo rápidamente del edificio. Una vez afuera, detuvo a una patrulla de policía. Los agentes, al darse cuenta de que el cuarto piso se estaba incendiando, le dijeron que esa labor era para los bomberos y que ellos se encargarían de llamarlos pero, para variar, ninguna de las autoridades que tuvieron la oportunidad de reaccionar a tiempo lo hicieron.

 

Después de esto, Campo Elías se dirigió al departamento 201 de otro edificio. Clemencia de Castro le abrió la puerta; después de que le preguntara sobre su marido, Jesús Fernández Gómez, ella lo invito a entrar. Durante su visita, Clemencia y él estuvieron hablando. Lo notó nervioso, no se sentaba, se mantenía caminando de un lado para otro y repetía frases que ya había dicho. Clemencia le ofreció una Coca Cola, la bebida favorita de Campo Elías. Hablaron del hijo de Clemencia, Andrés, a quien le había ido mal en el colegio. Campo Elías le pidió reiteradamente que no lo fuera a regañar, porque el chico se tenía que “arreglar”. Luego él mismo habló brevemente con Andrés y le dio unos consejos; Clemencia noto que Campo Elías estaba armado, pues declaró que “se le notaba el bulto debajo del saco”. Le dijo a la mujer que se iba para un viaje, y que de la única familia que pensaba despedirse era de ellos; afirmó que se iría a China y que no volvería jamás. Hacia las 18:45 horas, se despidió lamentando que Jesús no hubiera estado en la visita. Les dijo que los quería mucho. Clemencia le preguntó si les iba a escribir y Campo Elías sólo le dijo que no se preocupara, porque iba a recibir noticias suyas muy pronto.

 

A las 19:15 horas, Campo Elías Delgado llegó a su lugar favorito: el restaurante italiano Pozzetto, en la carrera séptima con 61, el sector bogotano de Chapinero. Saludó a los meseros que lo conocían por ser un cliente habitual y después ordenó media botella de vino tinto, así como un plato de spaghetti a la bolognesa. Varias veces se levantó al baño.

A las 20:00 horas terminó de cenar y pidió un destornillador (vodka con jugo de naranja). Luego ordenó otro y se lo bebió al tiempo que leía una revista estadounidense. Dentro del primer piso del restaurante, donde él se encontraba, había treinta y cinco personas cenando. Para las 20:15 horas, ordenó un tercer cocktail; poco después se sentó en la barra. Le entregó la revista y un poema al barman y pidió un cuarto vodka.

A las 21:00 horas, pidió la cuenta; le dejó una generosa propina al mesero y se fue al sanitario con su maletín. Regresó poco después con la pistola en la mano y el ejemplar de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en el bolsillo. Seis disparos iniciaron la masacre. Campo Elías se acercaba a las mesas, apuntaba a las personas, les gritaba que se trataba de un asalto, las obligaba a ponerse boca abajo y les disparaba en la nuca. La niña Johana Cubillos Garzón presenció cómo el asesino mataba a su hermana; después se acercó a ella, pero no la mató.

Campo Elías disparó más de trescientas balas. Mató allí a cinco mujeres y a nueve hombres, e hirió gravemente a quince personas más; seis de ellos morirían más tarde. Siendo un ex Boina Verde, su puntería era excelente. Ejecutó a las personas de un certero tiro en la cabeza, igual que lo hizo horas antes con su madre, su alumna y los vecinos del edificio.

Cuando hubo disparado contra todas las personas que había en su rango de visión, y según versiones de testigos, Campo Elías pronunció sus últimas palabras: “Mi nombre es Legión”. Según testimonios, apuntó el arma contra su cabeza y disparó. Una niña llamada Johana Cubillos Garzón, estaba allí esa noche negra: no solo vio morir a su hermana de once años, sino que aseguró a la revista Semana que vio cómo Campo Elías se suicidaba. “Yo vi todo, yo era la única que lo estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas, al tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando. De pronto se paró junto a mí, me miró y pensé que me iba a matar, pero no lo hizo. Pensé que dispararía pero no lo hizo, no sé por qué no me mató, pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer nada. Hasta que llegó la policía y rompió un vidrio, entonces vi cómo el loco se disparó y cayó”. Pero investigaciones posteriores demuestran que Campo Elías recibió varios disparos, dos en el pecho y cuatro en la cabeza, lo cual haría imposible que se hubiera quitado la vida.

Los testigos pudieron observar cómo llegaban las primeras patrullas de policía, escucharon más disparos y presenciaron la forma en que los agentes de la policía destruían ventanales para entrar al lugar. El dueño del restaurante, Bruno, salió de este gritando que no le destruyeran el negocio. La policía entró y los agentes comenzaron a disparar. Un joven salió diciendo: “¡Mataron a nuestra madrecita!”.

Los heridos fueron trasladados a los hospitales San José, San Ignacio, San Pedro y al Hospital Militar. La policía se dio gusto disparándole al cadáver de Campo Elías, para luego decir que habían sido ellos quienes lo habían matado.

Al otro día de la matanza, el diario El Tiempo publicó:

“En una acción infernal, sin antecedentes en el país, un psicópata colombiano ex combatiente de la guerra de Vietnam asesinó anoche a veintidós personas en Bogotá. El desquiciado sujeto -cuyo padre se suicidó hace 38 años bajo un palo de mango, en Bucaramanga- mató a su propia madre, incendió su residencia, recorrió los demás apartamentos, eliminó a cuatro universitarias, luego se dirigió al restaurante Pozzetto, donde comió y bebió sin prisa, y dio muerte a otras catorce personas”.

El cadáver de Campo Elías fue reclamado por un sacerdote de la Comunidad del Perpetuo Socorro llamado Luis Alberto Pachón Arias, para darle sepultura. Pero luego resultó que el cura no lo era, según la Curia. El restaurante Pozzetto reabrió nueve días después con gran éxito y aumentó el número de clientes que acudían a ese lugar. En 2002, el escritor colombiano Mario Mendoza publicó Satanás, una novela basada en este caso, la cual alcanzó gran éxito de ventas y varios premios internacionales de literatura.

Mendoza recordaba a Campo Elías Delgado en la Universidad Javeriana de Bogotá, cuando era estudiante, y sostuvieron una amistad a partir de la literatura, la cual compartían. Conversó con él tan sólo horas antes de la masacre. Posteriormente, esta novela fue llevada al cine por el director Andrés Baiz. Mendoza afirmó en una entrevista:

“Al día siguiente (de vernos), Campo Elías apareció en todos los medios de comunicación como el autor de una serie de asesinatos que sobrepasaba las veinte víctimas. Los noticieros de televisión informaban que el criminal había matado primero a una alumna suya y a otra mujer que la acompañaba, luego a su propia madre y a unos vecinos, y finalmente había entrado en una pizzería y había disparado indiscriminadamente sobre la mayoría de la clientela reunida allí para cenar. Los periodistas afirmaban que Campo Elías había sido héroe de la guerra de Vietnam y que desde entonces se encontraba trastornado y con graves problemas psicológicos.

Los titulares

“El psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo fue el único que se fijó en un hecho curioso: el asesino había entrado en el restaurante con un libro en el bolsillo: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson. Restrepo escribiría más tarde en una revista una frase que quedó grabada en mi memoria para siempre: ‘la clave de los crímenes está en ese libro’”.

Fuente: http://necromentia.wordpress.com/2011/02/12/la-masacre-de-pozzeto/

 

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